martes, 26 de agosto de 2008
Culpabilidad (y II)
domingo, 13 de julio de 2008
Culpabilidad
Ser culpable, cuando lo eres sin atenuantes, cuando no puedes esconderte porque lo eres, es, con diferencia, la más dolorosa manera de aparecer ante el mundo.
Entonces buscas explicaciones, tratas de paliar el mal causado haciéndolo menor con razones que tú mismo entiendes como huecas. Parece que reduciéndolas eres menos responsable de haber fallado.
Entonces entiendes que no hay serenidad para un culpable, y empiezas a entender a quienes, tras haber cometido una atrocidad, esconden su rostro en un intento de que se lo trague la tierra. Y aunque no es mi caso, percibo que el final de esa preocupación solo parecer tener fin en el paso del tiempo.
La sociedad te señala por no haber sido lo que debías haber sido, por no haber tenido la capacidad que esperaba de ti, y tienes el presentimiento de que ninguna de tus explicaciones tienen valor alguno, aunque quienes deben recibirlas tengan las generosidad de ni siquiera protestar, como comprendiendo cuando ha debido caer tu talento para mantenerte en pie. Ahora no sabes que es peor. Te gustaría huir pero no lo haces, porque nadie puede huir de si mismo. Que tú conozcas tu propia realidad es algo irremediable.
Menos mal que cuento con este innato sentido de lo positivo, y lo que es mejor, con el AMOR en mayúsculas, ese que respeta tu silencio porque sabe que es necesario dejarlo estar, pero que no se aleja por si de repente la debilidad fuese tan intensa que te hiciese desfallecer. Más tarde cuando el desasosiego ha pasado a tensa calma, sus ojos clavados en ti constatando que no ha sido el fin, que sigues vivo, que hay más asuntos que atender, es cuando analizas con algo de lejanía en busca de una luz que parecía haber muerto definitivamente.
Siempre el Amor como catalizador, siempre el Amor sin edades, ni tiempo. Ahora ya sé que pasó, ahora veo con claridad, ahora sé qué tengo que decir y a quien. Puede que no sea definitivo, pero es el principio del futuro. Puede que aún deba hacer más correcciones, pero las ideas me fluyen con más agilidad.
De soslayo me detengo a pensar que ocurriría si fuese el mismo amor a quien perdiera por mi torpe proceder....
No te alejes amor. Si es posible, solo si lo es no me gustaría bailar nada más que contigo....
sábado, 24 de mayo de 2008
La única que....
Y entonces se apodera de tí la palabra y explicas lo especial y distinta que es, lo diferente y singular de su forma de ser, lo que llena tu vida y lo infeliz que serías si no siguiese a tu lado.
Enloqueces, vives y creces a su lado, evolucionas con su cercanía, te importa, sufres si sufres y en su presencia nada más toma valor.
Pasas la vida pensando en ella (o casi toda, para que no se note mi tendencia a la exageración) y le hablas de ella a todo aquel que te escucha con atención. Las más de las veces no te cercioras de que el otro parece escucharte de lejos y comentas sin cesar. Ella es la única que me dice...., ella es la única que me hace..., ella es la única que entiende...., ella es la única que sabe lo que yo...... y así hasta la saciedad.
Solo callas en presencia de aquellos a quien sabes que les importa muy poco lo que quieres contarles, pero si quien tienes cerca es de los que se interesan por tí, les abrumas con las mil sensaciones que ella te aporta.
Y es que ella realmente es la única, y después todo lo demás.
Lo mejor de esta forma de vivir es que te es indiferente lo que otros digan, y esta es tu única defensa para los momentos en que el sol se pone en tu vida, y no vuelve a amanecer.
Porque hay que decir que esto es muy impopular, muy insano dicen otros. Si quieres vivirla cada minuto (¡sin agobiar, por dios, que la amas!), siempre que ella se preste, eres un aburrido, un idiota, un sieso. Lo que se estila es el crecimiento personal, y para ello un mes de apasionamiento, y después la vida independiente, no sea que perdamos la autonomía, o que se empobrezca tu vida emocional. Esta no crecerá si no haces vida social sin ella y casi programada (este mes no he salido con mis amigos ¡cachis!)
Resulta difícil creer que el amor te impulsa a reconocerla, encontrar y admitir sus cambios, incluso encontrar con ella (gracias al amor, sin duda) nuevos caminos en todo lo que os une.
Una vez hice un comentario en la bitácora de Amanda en el que explicaba lo que me producían sus besos y todo lo que creía posible a través de sus besos, pero ello fue motivo de risa, porque nadie podía entender que junto a ella me sienta capaz de cualquier cosa en cualquier campo.
Para ser sincero, no me aflige. Ellas es la única que sabe de lo que hablo, es la única que lo comprende porque lo vive.
“Ande yo caliente y ríase la gente”
martes, 6 de mayo de 2008
Fidelidad: la gran cuestión
"¿Por qué cuando queremos bordear un tema espinoso, que nos compromete, que nos obliga a tomar partido (ejercer la libertad en definitiva), lo reducimos a su forma lingüística de expresarlo?
Es como si hacerlo así le restase importancia y nos hiciéramos más inmunes a sus efectos. Debo convenir con Chapi en que denominar cuernos a la infidelidad, más aún cuando se aplica al engañado, es mínimamente soez, pero esto no deja de ser una mera anécdota.
Lo realmente importante es la exculpación de la mentira en cualquiera de su formas, es decir, es igual de falso decir algo irreal, que contarlo tendenciosamente o incompleto, que ocultarlo. Tratar de explicar lo inexplicable ocultándolo en la incapacidad producida por el alcohol para decidir u otras cuestiones igual de “válidas”, solo esconde una tendencia interna, una predisposición que no reconocemos para evitar encontrarnos de frente con lo que nos exige respecto de la persona con la que sellamos un pacto tácito de fidelidad.
Lo realmente importante es que con la infidelidad (en cualquiera de sus formas) negamos un derecho: el de la persona a la que ofrecimos nuestra fidelidad a decidir si quiere seguir a nuestro lado después de saber de nuestro quebranto de la fidelidad, y de lo que es peor aún: de la confianza. Y esta sí que no se reestablece nunca. ¿Puede alguien creer en quien, diciendo que te ama con locura, no siente ningún reparo en reunirse con otra persona de una manera en la que había decidido estar solo contigo?
Apelar a la intimidad de cada uno para esconder lo que, si somos justos, debemos entender como un asunto de la incumbencia de quien decimos amar, en base a nuestro compromiso, es una falacia. El ensalzamiento de la intimidad como parcela cuyo quebranto atenta contra nuestro derecho constitucional, debería ser sometido a revisión para liberarlo de los complejos de jóven democracia. Un día elegiste compartir tu intimidad y fueron también tácitos los límites compartidos, debemos ponernos de acuerdo en que en lo sexual no existen esas posibles reservas. Y ello no implica necesariamente ningún involucionismo. Fue una decisión libre.
No cabe tampoco recurrir a la influencia educacional como un yugo del que liberarse para justificar el engaño. ¿Hay alguna decisión en nuestra vida que no esté sujeta a esta cuestión?
Otro asunto es esta cultura de conseguir todo sin esfuerzo que nos arrastra hasta en lo íntimo, es decir, puede resultar más cómodo un encuentro fortuito, posiblemente vacio, que trabajar esa misma pasión con la persona que te acompaña. Requiere esfuerzo, persistencia, cariño, imaginación, y eso, claro está es mucho más cansado, ¡donde va a parar!
Y aún hay un último asunto. ¿Por qué debemos creer a quien te ha engañado diciendo que aquello fue un desliz sin más trascendencia (solo sexo dicen algunos)? Nos mintió haciédonos sentir los seres más distintos del mundo. Nos está mintiendo ahora también, o no. Pero esa da igual. Tú no estabas allí para valorarlo, así que no tienes ninguna obligación de creerte lo que dicen una persona con tal falta de honradez.
Si me ocurre yo ya sé que significa. Más allá de lo que sus palabras digan...."
sábado, 26 de abril de 2008
La victoria de lo bello

Trabaja en una oficina cualquiera, en un polígono cualquiera. Si la escuchas hablar con la autoridad que lo hace, cabría pensar que es la hija del jefe, o incluso que ella es el jefe mismo. A pesar de su poco agraciado aspecto, derrocha una simpatía digna de mención.
En la misma oficina trabajan con ella otras dos mujeres, y un hombre. Si observas con atención (no necesitas demasiado tiempo) notas como las otras mantienen la altanería de su atractivo que se desvanece de un golpe cuando te cercioras de que no son capaces de mirarte a los ojos mientras te hablan. Su suficiencia enmascarada en aparente seguridad las hace estridentes a los sentidos. La presencia del hombre queda diluida en la estancia, a pesar de ser quien me ha gestionado lo que vengo a buscar. Debo decir en su beneficio que es diligente y amable.
Sin embargo ella, a quien no había visto ninguna otra vez, se molesta en preguntarme, averigua quien había tramitado lo mío, y me invitar a esperar mientras el chico finalizaba su conversación telefónica.
Luego se gira y continúa hablando con la persona que atendía a quien obliga a sonreír con ese gracejo natural que desprende mientras bromea sobre no sé que asunto detrás de sus gruesas gafas de pasta. Su atuendo le hace un flaquísimo favor; tampoco creo que otro le hubiese hecho más justicia. Aún así, si había luz en esa iluminada oficina, era ella quien la ponía. Se ha despedido de quien hablaba con ella sin besuqueos ni genuflexiones. Ha sido suficiente un: “que tengas un buen día” y ha subido escaleras arriba perdiéndose al final de ellas. La oscuridad y la frialdad han regresado a esa habitación en la que bien podría no haber quedado nadie....
El amable individuo me ha entregado lo mío y me voy silbando interiormente. No han pasado ni cinco minutos desde que llegué. Es realmente eficaz.
Una vez más lo bello gana la batalla. Una vez más lo bello no necesita de abalorios ni mentiras dibujadas para tener la victoria sobre el frío y la distancia.
“De vez en cuando la vida se nos brinda en en cueros y nos regala un sueño tan escurridizo que hay que andarlo de puntillas por no romper el hechizo”
Joan Manuel Serrat
domingo, 30 de marzo de 2008
Vacaciones especiales
No sé nada de ella, y sin embargo, algo me alteró el interior, cuando vi la exposición multimedia que me la traía a la mente como si la conociese de siempre.
Esta instantánea que tomé con toda la intencionalidad de que no se viese nada más (como se ve no soy un buen fotógrafo), hace justicia a lo que fue y al modo en que lo vivió: una mujer adelantada a su tiempo, conocedora de varios idiomas, instruida, altruista y viajera como pocas en su época (nació en 1887).
Su sencillez al tiempo que su inquietud intelectual, su optimismo y su tenacidad hicieron que su marido, un apocado poeta de vida interior intensa, poco sociable, depresivo, pero de verbo lindo y fluido, fuese designado para obtener el premio nobel de Literatura.
Dicen que tenía negocios, participaba en campañas feministas y escribía un diario que ójala caiga en mis manos, porque su forma positiva de vivir la vida fue, al parecer, realmente contagiosa.
Yo, que soy un completo desilustrado, me siento admirado por una mujer cuya lealtad a su marido fue inquebrantable, y eso que cuentan que el poeta tuvo que ser muy insistente para hacer comprender a esta mujer de bandera que la amaba con vocación de eternidad.
Se llama Zenobia Camprubí, y su presencia es patente en cada rincón de la que fue la casa familiar de Juan Ramón Jiménez. No es difícil imbuirse de su espíritu si te dejas llevar por las diferentes estancias de este hogar onubense, del entrañable pueblecito de Moguer. Su mano se percibe en cada detalle. Su cariño en cada tarea que emprendió al lado de la difícil personalidad del autor de Platero y yo, no tiene (o eso me parece a mi) el eco que merece.
Quienes la conocieron, dicen que el secreto que conquistó a Juan Ramón fue esa sonrisa sincera, desprendida, sin dobleces, esa que los demás solo podemos ver de vez en cuando en alguna foto antigua.
No puedo imaginarme el dolor tan terrible que supondría para el poeta la pérdida de semejante mujer, justo dos días antes de serle otorgado el premio nobel de literatura.
Prefiero recordarla con esa sonrisa y anhelo encontrarme con sus diarios, sus cartas, su libro Juan Ramón y yo.
Ha sido mi regalo inesperado. Ha sido la guinda para unas vacaciones especiales. Mi amor es así: su complacencia es siempre una sorpresa
Aún tengo más cosas contar. Pero ahora quiero disfrutar íntimamente de lo que Zenobia nos trajo cuando la visitamos a través de sus objetos y de sus imágenes.
sábado, 23 de febrero de 2008
Adoro tu sueño


Es de noche.
Escucho al meteorólogo decir que lloverá cada minuto de los próximos días y, sin embargo, yo solo veo una noche de cielo estrellado como aquellas que tantas veces vivimos alguna vez. Si te imagino, te me alzas majestuosa, sencilla, misteriosa, imposible, inigualable.
Sé que estás ahí, muy cerca, tanto que solo tendría que extender mi brazo y envolverte. Y lo haría, una vez y otra más, y otra, y otra,... Deseo hacerlo con una presión sobre mi pecho de difícil contención. Pero no lo haré. No ahora que puedo enternecerme con tu imagen mientras duermes; no ahora que puede temblar de emoción, la que me provoca ser consciente de que hoy también estás aquí, igual que ayer y que antes de ayer, pero entregada como expresando: “hoy me quedo. Mañana ya veré”.
Y eso me devuelve la esperanza y la ilusión. Al amanecer tendré una nueva oportunidad para conquistarte, tendré una nueva ocasión, esa que vengo viviendo desde hace muchos años, pero que necesito recuperar al despertar, justo cuando mi nariz se hunde en tu pecho y tu piel me recuerda cuánto te amo.
He aprendido a apreciar cada minuto junto a ti como si no existiese el futuro, como si no fuese real lo que vivo, como si fuese a despertarme entendiendo que te has esfumado, y eso me trae hasta este punto de pasión que ni tú ni yo nos creemos después de tanto tiempo.
Lamento cada minuto que perdí en tareas vacías. Sé que no volverán, por eso hoy no quiero perderme en teorías acerca del amor que nada tiene que ver con lo que siento.
No te despertaré. Andaré de puntillas alrededor (que es como se viven los mejores sueños). Ya tendremos un minuto en que nos encontremos vivos, enloquecidos, chispeantes.
Ahora sueña, Amapola de mi vigilia. Sueña mientras te vivo serena, alejada de lo que te duele. Sueña mientras te adoro abandonada a tus curvas, tu sonrisa, tus labios, tu mirada sostenida (dormida también ahora). Sueña y que tus sueños no te alejen demasiado, y si lo hacen te me devuelvan cuando el sol nos aceche de nuevo.
Lo dije una vez e insisto escribiéndolo ahora: no me olvido de que soy rana, esa que un día convertiste en pirata con tu beso, y ese sueño, bien vale el respeto del tuyo.